CELAC bajo ataque

La integración de América Latina es un estorbo para las necesidades geopolíticas de Estados Unidos. Más aún, cuando las tendencias políticas que se han ido reconfigurando en esta vuelta de siglo apuntan a la construcción de una alternativa al neoliberalismo y sus políticas de despojo. Durante el siglo XX nuestro continente pudo garantizar recursos naturales estratégicos al precio que se establecía desde Washington, este mecanismo de control del mercado fue posible en la medida que se instalaron dictaduras para reprimir cualquier oposición.

Desde que en 2002 se intentó implementar un golpe de Estado en Venezuela, el ataque a los gobiernos populares no ha parado. Cambiaron la forma desde golpes de estados preventivos como es el caso de México en 2006, hasta los golpes apoyados por el legislativo como Honduras o la persecución judicial como en Argentina, Ecuador, Brasil tan solo por poner unos ejemplos.

Lo que está en disputa es la renta de la tierra, esto es, el control de áreas estratégicas de recursos naturales muy valiosos para el funcionamiento del sector productivo. Ya no solo estamos hablando de petróleo y gas que son extremadamente importantes, hoy gracias al avance de la cuarta revolución tecnológica tenemos una serie de biodiversidades que son necesarias para el control de la Big Pharma hasta el control de nuevos yacimientos de litio, es decir, la renta de la tierra gracias a la renta tecnológica está generando nuevos escenarios que antes no habíamos observado. América Latina tiene una riqueza indudable en materias primas, y esa es parte fundamental de su posicionamiento geoestratégico en el mundo.

Además, la entrada a China al continente ha generado una disrupción de otra potencia ubicada en otro continente que no sucedía desde que la expulsión de los españoles de Cuba. Lo que amenaza seriamente el rol del papel hegemónico que determinó la política de la doctrina Monroe, Estados Unidos ve seriamente comprometido aquello de que América para los americanos.

Los gobiernos posneoliberales se mostraron reacios a seguir subordinados a Washington, sobre todo por dos condiciones nuevas que podían generar una mejoría para los recursos de estos pueblos. Uno de ellos fue que existían nuevos competidores dentro de la economía mundial que podían ser nuevos clientes con mejores ofertas, ahí estaban India, China, Rusia, Sudáfrica y Brasil con necesidades que se codificaban fuera del área de influencia americana.

Y el segundo, que, gracias a la llegada de gobiernos antineoliberales, sus políticas iban dirigidas a crear algún mecanismo que le diera otro sentido a la economía, es por eso, que muchos analistas determinaron este momento como un avance posneoliberal, que, con sus

diferentes aristas, pero coincidían en dejar de depender de una sola potencia con todas las condiciones que esto significaban.

Esto los orilló a buscar mecanismo de integración en la región, uno de ellos fue la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe, la CELAC, mecanismo que funcionó para iniciar un diálogo que podía generar alianzas comerciales en beneficio de bloques económicos que quisieran explorar reactivar la industria nacional y no quedarse solamente como simples comercializadores de los productos americanos.

Dar cuenta de estas condiciones en el mercado mundial permiten comprender cómo es que las oligarquías que se beneficiaron de las relaciones de subordinación centro periferia desarrollada por Estados Unidos hoy se muestran reacios al cambio en las condiciones que el mismo mercado está generando. Es por ello que empiezan a reagruparse a través de mecanismos ultranacionalistas con tendencias golpistas, en los casos más radicalizados empiezan a plantearse la balcanización de ciertos Estados para consolidar nuevas identidades que les permitan seguir en el papel que representaron en el siglo XIX y XX.

La VII cumbre de jefas y jefes de Estado y de Gobierno de la CELAC se desarrolla en un ambiente muy adverso, y es que la integración de América Latina se encuentra bajo ataque. Tan solo observar las cosas que suceden a su alrededor da una idea de lo complejo del escenario que se está produciendo ahora mismo en el continente, y que se radicalizará en medida de las necesidades que se planteen en la confrontación militar y comercial del siglo XXI. No habría que ser ingenuos.

La unificación de un bloque comercial importante en Sudamérica pasa necesariamente por el restablecimiento de las relaciones entre Brasil y Argentina, Bolsonaro se encargó de torpedear dicha relación y encerró a Brasil en una dinámica de perdida de su liderazgo no solo regional sino mundial. El encuentro entre Lula y Alberto Fernández está enmarcado por el intento de golpe de Estado a Lula hace apenas unas semanas, y el ataque financiero de la mano del FMI que está sufriendo ahora mismo Argentina.

La derecha argentina preparaba un escenario de confrontación para el presidente Nicolás Maduro de Venezuela, por lo que decidió no asistir, pero es innegable que la correlación de fuerzas de la guerra en Europa y la recesión en Estados Unidos hizo que estos últimos soltaran a Juan Guaidó y le quitaran toda legitimidad a ese teatro. Esto no significó que el acecho al chavismo haya terminado, sino que entra en una nueva fase de reconstrucción de la narrativa, para ello es necesario ciertos montajes. Aislar a Venezuela de la relación Brasil-Argentina es decisivo, ya que este trio puede generar un panorama completamente adverso para Washington si logran unificar agendas.

Al mismo tiempo están logrando mantener en el poder en Perú a la golpista Dina Boluarte, que recientemente ha violado la autonomía universitaria de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos reprimiendo y estigmatizando a estudiantes como terroristas. Con un saldo

de más de 64 muertos en todo el país, se sostiene con el respaldo de presidentes como Pedro Sánchez de España.

En este sentido hay que analizar la propuesta del congresista peruano Ernesto Bustamante, que plantea que el ejército peruano, como un ataque preventivo, ocupe cautelarmente recursos naturales que garanticen una ulterior reparación a Perú por un supuesto apoyo del gobierno boliviano a las protestas sociales que se desarrollan en su país. La guerra se empieza, por lo menos ahora, ha abrir paso dentro del discurso. No hay ningún sustento para afirmar que en Bolivia se financian las protestas sociales producto del golpe de Estado que dio el legislativo con apoyo de la dictadora Dina Boluarte.

Si uno empieza a conectar con lo que sucede en la media luna boliviana con el golpismo de Fernando Camacho y su separatismo, la cosa ya no es aislada sino un hecho que empieza a configurar ultranacionalismos que están dispuestos a generar Estados parias para romper con la integración ya no solo latinoamericana sino nacional. No hay que olvidar que en el contexto en donde se solicitaba una intervención militar en Venezuela, se exploró la posibilidad que la guerra la llevaran los ejércitos de Colombia y Brasil, fue importante el rechazo del ejército brasileño a tal situación, pero la exploración sí muestra que pueden desarrollarse conflictos bélicos de gran escala en nuestro continente como una medida de contención de los gobiernos que impulsen una integración alternativa.

A cada 11 le llega su 13 se dice en Venezuela a juego de que a cada golpe de Estado le llega la respuesta del pueblo, que es de donde se emana el poder democrático, tiene razón López Obrador en seguir insistiendo en una integración, depende mucho de los pueblos del continente comprender la magnitud del reto en el que el siglo XXI nos está adentrando. Es hora de mantener la solidaridad, ante todo.

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