En Tercera Persona | Héctor de Mauleón

Una historia para el Día de Muertos

Aquel grupo se reunía en casa de la familia Álvarez y Álvarez, situada en la avenida de los Insurgentes. El escritor, antropólogo y lingüista Gutierre Tibón se les sumó una noche. Encontró a un grupo de personas que hablaban en voz baja: esperaban la llegada del médium Luis Martínez, “un hombre del pueblo, bajo, obeso, calvo, de mediana edad”.

Martínez pasó a la parte alta de la casa, donde se encontraba lo que familia Álvarez llamaba “el gabinete de parasicología“. Todos los presentes se lavaron las  manos –”un acto de purificación”–  y luego subieron cabizbajos, compungidos, en fila india.

Relata Tibón que la primera vez que asistió a aquellas sesiones aparecieron de pronto pequeños globos fosforescentes que, como luciérnagas, se movían despacio sobre las cabezas de los asistentes.

Cuando una de ellas le tocó la frente, Tibón se estremeció.

“Confieso que tuve un miedo enteramente irracional. Mi primer contacto físico con el ectoplasma me produjo una sensación desagradable, por la humedad tibia, algo gelatinoso, de los dedos materializados”.

Apareció más tarde una figura blanca, difusa, pálida. Uno de los miembros de la cadena anunció que se trataba del “Maestro Amajur”. “En ese momento de pasmo y emoción no razono si el ser que está frente a mí es o no es un mensajero del Más Allá; se trata de algo vivo, real como nosotros”, escribió Gutierre Tibón.

“Amajur visita a mi compañero de cadena y lo ‘cura’ (esta, según parece, es su tarea principal). Le desabrocha el chaleco –lo veo claramente– y le frota suavemente el pecho en la región del corazón”.

La fama de las “sesiones de parasicología” del llamado Instituto Mexicano de Investigaciones Síquicas se había extendido muy rápidamente, de manera secreta, en la Ciudad de México de principios de 1940. 

El 10 de abril de ese año, los miembros del grupo comenzaron a redactar y firmar las actas que narraban lo que en cada una de las sesiones había ocurrido. Gracias a esos documentos se sabe que el 9 de julio de 1941 el general Plutarco Elías Calles, expresidente de México, figuraba ya entre los visitantes de la casa de Insurgentes. 

La noche de su primera visita, Calles sintió que le acariciaban la cabeza “de la frente hacia atrás” y dio fe de que en la habitación se había materializado la figura del llamado “Maestro Amajur” quien –se lee en el acta levantada en aquella ocasión–, con un dedo, y en presencia de todos, había saturado de energía una jarra de agua:

“Vació en un vaso una parte del agua oyéndose con absoluta claridad el ruido del agua al caer en el vaso: tomó el vaso en su mano izquierda y saturándolo con la derecha, se acercó al Sr. Gral. Calles para darle de beber. El general bebió tres tragos”.

Poco después, aquella presencia tomó un ramo de floripondios que se hallaba en la habitación y comenzó a repartir las flores entre los integrantes de la cadena, “colocando una de ellas en la bolsa del pecho del Sr. Gral. Calles”. El general manifestó “que la expresada flor le fue colocada con suma delicadeza”.

La firma inconfundible de Calles encabeza el acta levantada aquella noche en la que el “Maestro Amajur” desapareció de pronto y su lugar fue ocupado por “una pequeña lucecita” que elevó por los aires una caja de música, a fin de que los circunstantes con claridad.

Recorro los protocolos del Instituto Mexicano de Investigaciones Síquicas –que con prólogo de Gutierre Tibón, Ediciones Antorcha editó en 1960–  y sorprende la lista de quienes acudieron a aquellas famosas sesiones: el expresidente Miguel Alemán y su esposa Beatriz Velasco, el general Juan Andrew Almazán, el director del Hospital General, Abraham Ayala, el director de Investigaciones Científicas de la UNAM, Alberto Barajas.

También, el exrector de la UNAM, Balvino Dávalos, el poeta Enrique González Martínez, el embajador Antonio Espinosa de los Monteros, el académico y escritor Julio Jiménez Rueda, el dirigente obrero Luis N. Morones, el excanciller Ezequiel Padilla, el exdirector de EL UNIVERSAL, Félix F. Palavicini, el exsecretario de Gobernación Gilberto Valenzuela, y el poeta José Juan Tablada

El 13 de octubre de 1942 se reunieron en la casa de Insurgentes el general Calles, Ezequiel Padilla, el general José Álvarez, el licenciado Fernando Torreblanca, y su mujer, Hortensia Calles de Torreblanca.

Esa noche apareció una presencia nueva que estuvo vagando en distintas direcciones y a la que le pidieron que escribiera su nombre o mostrara sus facciones. Pero aquella presencia se negó. Apareció luego la pequeña sobrina muerta de uno de los presentes “quien accedió a identificarse mediante demostraciones afirmativas hechas con una sonaja que golpeaba sobre la caja de música”. La niña sacó de la bolsa del saco del dueño de la casa una mascada y la agitó por el aire y luego la depositó en manos de otro de los presentes.

Comenzaba a materializarse el “Maestro Amajur”, cuando se escucharon fuertes golpes en la mesa: se presumió que se trataba de un niño al que llamaban “Botitas”, quien jaló violentamente de los pantalones al general Calles y salpicó con el agua de la jarra a algunos de los asistentes.

Antes de retirarse, “Botitas” dejó en manos de Calles un dije de plata, en una de cuyas caras había una figura oriental.

Calles siguió frecuentando aquellas sesiones hasta el día de su muerte. En mayo de 1947 los circunstantes reconocieron en un ectoplasma “su fisonomía inconfundible”. Se acercó a su yerno y le dijo: “No olvides las recomendaciones que te hice cuando estaba en esa vida”.

Un mes más tarde, Calles regresó. Se lee en el acta que esta vez apareció muy conmovido,  y con la voz entrecortada por los sollozos. 

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